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Guadalupe Soasti 2
Guadalupe Soasti, historiadora, investigadora, docente universitaria de instituciones como la PUCE y Salesiana, con especialización en la historia económica y social del siglo XVII, nos trasportó en la entrevista al año 1809, para contar cómo era el comercio, la situación política, económica y por supuesto, de qué forma se mercadeaba en esta época. Remontándose en la historia, respondió a nuestras preguntas planteadas: la moneda que regía en el territorio internamente era el peso de plata, mientras que externamente circulaban las piñas de plata o lingotes de oro; y, se puede decir que el producto que mayores ingresos dejaba fue el cacao, señaló.
En el siglo XVIII, España vivió muchos cambios económicos y políticos que tuvieron relación con las reformas borbónicas y el intento de algunos intelectuales liberales de cambiar la forma de gobierno absolutista; los personajes buscaban un gobierno más completo, que incluya los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Cabe recalcar en esta política de modernización del estado español dos aspectos importantes entre los cambios de la época; el primero, que es el conocimiento del espacio, ya que se hicieron una serie de investigaciones científicas de los territorios para cartografiarlos. En la Provincia de Quito, denominada así en ese entonces, se hizo el mapa del territorio por Pedro Vicente Maldonado, por ejemplo, que sirvió para saber las potencialidades económicas y productivas de la región, explicó Soasti.
Dichos acontecimientos fueron importantes porque están vinculados a una política económica de implantación de las intendencias como instituciones económicas de recaudación tributaria, comparable con el SRI en la actualidad, señaló nuestra invitada. Las intendencias se encargaban del cobro y establecimiento de aranceles y tributaciones para la comercialización, producción, exportación, etc., además de administrar el dinero y hacerse cargo de la defensa. Así, la organización de la Real Hacienda, como se la conocía, contaba con esta instancia económica y militar.
En la época, ya existía el comercio exterior e interno que fueron controlados por la intendencia, encargada de cobrar la tributación e imponer los aranceles a la producción y exportación de productos. Para finales del siglo XVII, se comercializaba tabaco, aguardiente, cacao, textiles, entre otros productos, pero únicamente entre América y España o internamente, ya que el estado español tenía un monopolio para ciertos productos, dijo Soasti. No se podía comercializar a Inglaterra, ni países bajos.
Existían dos tipos de moneda para la comercialización de estos productos: las piñas de plata o lingotes de oro para el comercio internacional y los pesos de plata, para la circulación interna. Los pesos de plata estaban compuestos por 8 reales y cada real por 4 cuartillos; esta moneda se derivó de los patacones, llamados así por una denominación colonial, pero con el mismo valor.
Los pesos de plata circularon durante casi todo el siglo XIX, pero es importante recalcar, dijo Soasti, que las clases élite manejaban esta moneda, pero para las clases populares era bastante difícil, ya que era escasa. Desde finales del siglo XVIII, comenzaron a circular reales falsos traídos de México y Bolivia, que se denominaron macuquinas, acotó.
Para que los habitantes puedan desenvolverse sin la disponibilidad de la moneda, existía un elemento importante, el crédito o fío, explicó nuestra invitada. Los indígenas tenían que trabajar en las haciendas para conseguir un salario que les permitiera pagar lo que habían fiado. En ocasiones, la deuda era pagada a través de objetos de plata o algún accesorio que el pulpero pudiera comercializar. “La confianza era absoluta, el valor de la palabra era el valor de la palabra, en eso se jugaba no solo la reputación de la persona, sino también la persona en sí”, expresó Soasti.
Los productos se comercializaban a través de ferias y “pulperías”, hoy conocidas como tiendas. Las ferias se llevaban a cabo en determinados días de la semana y por producto, de acuerdo a las normas que imponía el cabildo. Los grandes mercaderes llegaban a la Plaza de Santo Domingo actual, que en la época se llamaba “la Plaza de los Mercaderes”, para vender sus productos a distribuidores y pulperos, quienes llevaban a sus pulperías la mercadería sobrante para embodegar y vender.
Para abrir una pulpería, los habitantes tenían que asistir al cabildo a pedir una licencia y pagar para obtener el permiso de comercialización de determinados productos, similar al sistema de hoy en día, dijo Soasti. El municipio se encargaba de controlar que se venda lo que se permitió, añadió.
La forma de mercadear de la época, fue incluso provocada por las normas del cabildo, ya que obligaban a los pulperos a publicar en la entrada de las pulperías una lista de los productos que se vendían, con su precio respectivo. Visitadores del cabildo controlaban que estas normas se cumplan y ponían las respectivas multas si ocurría lo contrario.
Las pulperías estaban presentes en cada barrio, mínimo una y en cierto lugares hasta tres, ya que el negocio era bastante rentable y debido a que la población comenzó a crecer.
El fenómeno de migración llegó a Quito en el siglo XVIII, prácticamente triplicando la población con 250 mil habitantes, señaló Soasti.
Debido al monopolio de los españoles, los textiles dejaron de ser el producto principal de la economía, pero fueron reemplazados con el tabaco, el aguardiente y el producto que mayor ingresos generaba en la época, el cacao, afirmó nuestra invitada. La fabricación de barcos en Guayaquil y la quinina fueron también productos importantes para la economía.