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Mundial 2026 y Sostenibilidad: ¿Es posible un torneo de 48 selecciones sin huella ambiental?

El Mundial 2026 se perfila como el más grande en la historia del fútbol. Con 48 selecciones, 104 partidos y 16 ciudades sede repartidas entre Canadá, Estados Unidos y México, la FIFA enfrenta un desafío que trasciende lo deportivo: demostrar que un evento de esta magnitud puede cumplir sus compromisos de sostenibilidad.

Junio 18, 2026.- La expansión del torneo ocurre en un contexto donde organizaciones deportivas, marcas y patrocinadores enfrentan una presión creciente por demostrar resultados tangibles en materia ambiental, social y de gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés: Environmental, Social and Governance). Ante este panorama, la FIFA ha presentado una estrategia de sostenibilidad y derechos humanos enfocada en minimizar el impacto ambiental, optimizar recursos y asegurar un legado positivo en las comunidades anfitrionas.

Según la organización, el plan integra medidas de construcción sostenible, gestión de residuos, eficiencia energética, movilidad, protección de derechos humanos y desarrollo económico local. Además, las ciudades sede deben ejecutar acciones alineadas a estos objetivos para garantizar beneficios duraderos más allá de los estadios (FIFA, 2025).

Uno de los argumentos centrales de la FIFA es que gran parte de la infraestructura necesaria ya existe. A diferencia de ediciones previas que requirieron grandes proyectos de construcción, el Mundial 2026 aprovechará estadios, aeropuertos y redes de transporte existentes, reduciendo así la necesidad de nuevas obras de gran escala.

No obstante, la escala del torneo genera interrogantes. El aumento de selecciones y partidos implica un mayor desplazamiento de equipos, aficionados, medios de comunicación y personal. Diversos análisis advierten que el transporte aéreo podría ser un obstáculo crítico para la reducción de emisiones, especialmente dadas las grandes distancias entre las sedes.

Este debate no es exclusivo del fútbol. Los grandes eventos deportivos globales enfrentan cuestionamientos similares sobre cómo equilibrar el crecimiento económico, el impacto ambiental y las expectativas sociales. Para patrocinadores y organizadores, la sostenibilidad ha dejado de ser un mero elemento reputacional para convertirse en un indicador clave de gestión, vigilado de cerca por inversionistas, consumidores y reguladores.

La discusión también es pertinente para América Latina, donde empresas, gobiernos locales y organizadores enfrentan dilemas similares al intentar expandir operaciones sin incrementar proporcionalmente su huella ambiental. En este sentido, el Mundial 2026 puede servir como un caso de estudio sobre la gestión de la sostenibilidad en proyectos de gran envergadura.

Algunas sedes ya muestran avances. En México, diversos estadios han incorporado sistemas de eficiencia energética, iluminación LED, reducción del consumo de agua y certificaciones ambientales, buscando alinearse con los estándares de la FIFA. Estas iniciativas son parte de una estrategia mayor que intenta demostrar que el crecimiento de la competición puede coexistir con mejores prácticas ambientales.

La interrogante central persiste. El éxito del Mundial 2026 no se limitará a la asistencia, la audiencia o los ingresos. También dependerá de la capacidad de demostrar que el mayor evento en la historia del fútbol puede mitigar su impacto ambiental y dejar un legado sostenible en las ciudades anfitrionas.

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