La energía vuelve a presionar los costos empresariales en 2026. El Banco Mundial proyectó en abril un aumento de 24% en los precios de la energía durante el año. También estimó un precio promedio del Brent de USD 86 por barril, frente a USD 69 en 2025. El organismo vinculó estas previsiones con el shock provocado por la guerra en Medio Oriente y las disrupciones en el estrecho de Ormuz.
El impacto comienza con los costos directos. Un combustible más caro aumenta el gasto de transporte y distribución. A su vez, el gas y la electricidad tienen un peso importante en industrias que necesitan calor, refrigeración o grandes cantidades de energía. Además, el encarecimiento puede llegar a través de proveedores, materias primas y servicios logísticos.
Por eso, transporte y logística están entre las actividades más expuestas. También aparecen industrias como la química, metalúrgica, cementera, papelera y de vidrio. En alimentos y agroindustria, el efecto puede acumularse en distintas etapas: producción, procesamiento, refrigeración y transporte. Sin embargo, la exposición no es igual para todas las empresas. Depende de su consumo energético, contratos de suministro y capacidad para trasladar los aumentos.
La electricidad muestra, además, diferencias importantes entre mercados. Según la Agencia Internacional de Energía (IEA), los precios mayoristas promedio aumentaron más de 30% interanual en la Unión Europea y Japón durante el segundo trimestre de 2026. En Estados Unidos, el promedio se mantuvo prácticamente sin cambios. En India, el aumento fue inferior a 10%.
El efecto tampoco termina en la factura de energía. Una empresa puede absorber parte del aumento y reducir su margen. También puede trasladarlo al precio final o buscar eficiencias para contenerlo. Además, un shock petrolero puede generar efectos sobre otros insumos. El Banco Mundial estima que un aumento de 10% en el precio del petróleo provocado por un shock geopolítico puede llevar a un incremento máximo cercano a 7% en el gas natural y superior a 5% en los fertilizantes.
A esta presión se suma una tendencia de largo plazo: la demanda mundial de electricidad continúa creciendo. La IEA prevé un aumento de 3,6% en 2026 y de 3,8% en 2027, frente a 3% en 2025. Industria, vehículos eléctricos, climatización y centros de datos están entre los principales impulsores. En este escenario, disponer de energía suficiente y competitiva adquiere un peso creciente en los costos y en la competitividad de las empresas.





